Mis precauciones se parecen a la bolsa de mi mamá

 Bitácora | 2 febrero

Durante la clase, María Camila nos preguntó qué cargamos en nuestras mochilas, y no precisamente en plan material (aunque eventualmente sí hago un listado de cosas que cargo). Ella mencionó que carga con sus abuelas; de hecho, ese día las había visitado & hablado con ellas. Mientras nos explicaba la pregunta, yo formulé la respuesta en mi cabeza. Fui la primera en participar. Cargo mucha (demasiada) precaución, compartí con mis compañerxs. Siempre cargo con mucho peso y ahora que lo pienso, la mochila que me autoregalé en mi cumpleaños 28 fue pensada para eso. Mientras escribo esto, me doy cuenta que soy un poco demasiado precavida desde pequeña. Siempre me ha gustado cargar esas cosas que me recuerdan las ocasiones en las que no las tuve y las necesité.

Cargo con crema para manos que rara vez uso; creo que solo me aplico un poco para que mis manos huelan rico. Mi mamá se esforzó arduamente en inculcar el hábito de humectar mi piel, pero nunca salió victoriosa. ¿Debería preocuparme de casi llegar a los 30 sin ese hábito? Alguna vez escuché que después de los 25 la piel deja de producir algo que no me acuerdo cómo se llama, pero es importante para no arrugarte, creo. Bueno, equis. No importa porque siempre cargaré con una crema.

Cargo con un desinfectante para manos que solo ocupo para limpiar mi laptop & hacer que el ambiente huela bonito. Lo uso tan poco que pasa meses en mi mochila. Al igual que el impermeable que compré para mi mochila. No importa si llueve, haga sol, esté nublado... ese impermeable azul siempre estará en mi mochila. Me siento cool cuando alguien me ve y dice que yo estoy bien preparada para la lluvia.

En la misma bolsa que cargo con los artículos anteriores, se encuentran las ligas extras que uso para mi cabello chino ... aunque ya cargo con suficientes ligas en las muñecas. También traigo un perfume chiquito, bueno, por el momento la botellita está vacía. Mi infaltable es el estuche con cepillo de dientes y pasta dental. ¿Lo necesito? Sí. ¿Lo uso? No, casi no. Me parece que creo mucho en ese dicho “mujer precavida vale por dos”, porque cargo con un estuche pequeño que incluye toallas sanitarias de dos tamaños, pastillas para los cólicos, aspirinas y pines para el cabello. Pocas veces he usado esos artículos, pero una nunca sabe. ¿Esa es buena excusa para destruir mi espalda con rotoescoliosis? Mmm no, definitivamente. Sin embargo, no sé cómo no ser precavida… ¿o ansiosa? Alguien en mi clase no uso la palabra precavida, la cambió por ansiosa y me dejó pensando. Digo, ansiosa sí soy, pero por el momento diré que la que empaca por mí es la precaución y no la ansiedad.

Afuera de ese cierre cuelga el llavero que mi amiga Dannifer me trajo de Canadá. En la puerta de mi habitación en casa de mis papás cuelgan todos los llaveros que me han regalado y no quería uno más ahí, llenándose de polvo para siempre y por siempre.

En la bolsa de en medio no cargo tanto. Solo mi estuchera con lapiceros de todos los colores, una crayola fosforescente, una goma y un lápiz de puntillas, porque los otros no me gustan. Mi estuchera es prueba de que también me aferro a lo material: la tengo desde hace 10 años, creo. Si a mi mochila anterior no le hubiera fallado uno de los cierres, la seguiría cargando (con agujeros en las esquinas porque también tenía cerca de 10 años conmigo). En la misma bolsa pongo mi cartera, la cual es un mundo aparte: tiene 13 tarjetas (ocupo dos o tres); una imagen conmemorativa de una tía que falleció en verano pasado; dos curitas (nunca los he ocupado); una foto instantánea con mi mejor amiga y su novio que nos tomaron en un bazar cuando fui a intercambiar ropa; notas que me he escrito a mi misma y la imagen de una virgen que me regaló mi tía (ella sabe que no creo en ninguna figura religiosa, pero me dejó muy en claro que esa imagen me mantendría a salvo). Mi cartera anterior era mas chica que la nueva, siempre ando buscando contenedores más grandes porque cada vez cargo con más.

En la bolsa más grande cargo con tres libretas porque escribo mucho. Traje una libreta desde México lo suficientemente grande para guardar todas mis notas, pero en el ARA me regalaron dos libretas y en la inducción me dieron otra, así que las libretas colombianas guardarán mis notas colombianas. Mi botella rosa de agua es imperdible. Bogotá me hizo cargar algo extra: una sombrilla. Ah, y mi laptop también pesa en mi mochila. Antes no la cargaba porque me gustaba hacer notas a mano, pero la generación con la que más comparto tiempo me pegó esa costumbre.

Aún me faltan las bolsas laterales: del lado izquierdo cargo con mi estuche de lentes, mis audífonos y mis llaves. Del lado derecho, están mis chicles, servilletas o papel de baño y mi bálsamo labial. Y, para terminar, me gusta adornar mi mochila. Ya mencioné el osito canadiense que me regaló Dannifer, pero olvidé decir que también cuelgan algunos pines y un llavero de hilo que yo misma hice.

Durante la clase pasada algunas de nosotras mencionamos a nuestras madres y cómo ellas nos enseñaron qué guardar (o no) en nuestras bolsas. Soy igualita a mi mamá, nada más que más ordenada. Mi mamá tiene que nadar en su bolsa para encontrar su celular, le tienen que marcar unas tres veces para que, por fin, lo encuentre. Y me di cuenta que, aunque ahora me queje de que se tarde en contestar, su bolsa me cuidó y me entretuvo toda la infancia. Siempre le han gustado las bolsas grandes, lo cual resulta en un gran espacio para vaciar muchas cosas (a veces innecesarias). Mi mamá tiene tres carteras. ¿Porrrr? Quién sabe, yo creo que ni ella misma sabe, pero en su cabeza tiene sentido. Yo creo que los “por si acaso” de mi mamá eran gracias a mí, a mi hermano y a mi papá.

- Ma, ¿traes una pluma
- Sí

- Ma, ¿traes papel?
- Sí

- Ma, ¿traes un dulce?
- Sí. 

- ¿Traes un curita?
- Sí.

- ¿Traes una servilleta?
- Sí.

A ver si algún día se nos hace ligero andar por esta vida. Ojalá los "por si acaso" dejen de pesar(nos) tanto.

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